Andrea Chávez endurece discurso contra opositores por el caso Chihuahua; sin embargo, evita cuestionar casos que golpean a Morena. Se señala doble discurso frente a investigaciones y escándalos. Crecen las críticas por proteger a figuras cercanas al oficialismo.
El discurso de Andrea Chávez sobre el caso Chihuahua ha vuelto a exhibir el doble criterio con el que Morena enfrenta los escándalos políticos en el país. Mientras la senadora con licencia endurece su narrativa y habla prácticamente de “traición a la patria” contra actores de oposición, guarda silencio absoluto frente a los señalamientos que rodean a figuras de su propio movimiento, particularmente aquellos relacionados con presuntas investigaciones por corrupción o vínculos con el crimen organizado.
La morenista ha intentado minimizar el contexto de violencia y expansión del narcotráfico reduciendo la discusión al desmantelamiento de un laboratorio clandestino en Chihuahua, como si se tratara de un hecho aislado o menor. Sin embargo, el fondo del problema va mucho más allá de un operativo específico: México enfrenta una crisis marcada por redes del crimen organizado, violencia y pérdida de control en distintas regiones del país.
Además, el operativo ha generado cuestionamientos debido a la falta de detenidos y de resultados contundentes derivados de la acción, mientras que el propio gobierno federal ha realizado durante años cientos de aseguramientos y desmantelamientos similares sin que eso provocara controversias de esta magnitud.
Pero más allá del caso Chihuahua, lo que ha encendido las críticas es la postura selectiva de Andrea Chávez. La legisladora exige todo el peso político y mediático cuando se trata de adversarios, pero evita pronunciarse sobre figuras cercanas a Morena como Rubén Rocha Moya, cuyo nombre ha aparecido constantemente en versiones e investigaciones relacionadas con presuntos nexos criminales y corrupción. La pregunta es inevitable: ¿por qué el discurso de “traición” desaparece cuando los señalados pertenecen al oficialismo?
El contraste se vuelve aún más fuerte cuando se observa la cercanía política de Andrea Chávez con figuras de peso dentro de Morena, particularmente con Adán Augusto López, señalado constantemente por la oposición como parte de estructuras de poder cuestionadas dentro del movimiento. Mientras la narrativa pública exige mano dura contra adversarios, dentro del propio partido prevalece el silencio frente a los escándalos que afectan a aliados y padrinos políticos.
La percepción que deja este comportamiento es clara: para Morena existen dos varas distintas para medir los problemas políticos y de seguridad. Cuando el señalamiento golpea a la oposición, se habla de patria, soberanía y castigos ejemplares; cuando el escándalo toca a figuras cercanas al movimiento, el discurso cambia a defensa, silencio o evasión. Esa contradicción erosiona cada vez más la narrativa de honestidad y congruencia que el partido presume desde el poder.
Así, Andrea Chávez no solo enfrenta cuestionamientos por su postura en el caso Chihuahua, sino por el cinismo político que representa exigir castigos absolutos para unos mientras se encubre o minimiza a otros. En Morena, la indignación parece depender menos de los hechos y más del color del partido.
